Recuerdo que había en la escuela un niño de lo más traviesos, esos que nunca aprendían y que pasaba de años, con un cartel que decía, insufrible.
Al llegar a 7mo. año la maestra era yo como siempre, al principio lo noté rehacio, porque tenía fama de ser una maestra que exigía mucho. Con el transcurrir del año noté que se dormía en clase, era turno matutino y decidí hablar con él.
Fue así que me contó que al salir de la escuela trabajaba en un taller mecánico hasta las 11 de la noche, con apenas 12 años. Analicé su caso y comprendí que la raiz cuadrada y la literatura no le iban a servir de mucho y comencé a trabajar en el aula de forma individual con él, dándole cosas de la vida cotidiana: aprender a sumar, restar, multiplicar, a saber leer un diario; le enseñé las abreviaturas de los avisos clasificados, lo enriquecí con lo del día a día.
Era muy bueno y muy dulce y si se dormía, lo dejaba, no podía más, pero pasó algo en él, cambió, ya dejó de dormir por estudiar lo que yo traía para él, y mi sorpresa fue a fin de año en la graduación, me trajo una canastita de regalo que guardé por años, la escondió en la dirección y no se animó a dármela, pero lo busqué para agradecérsela.
Aún recuerdo encontrarnos en el pueblo y parar su bicicleta para darme un beso y decirme que me extrañaba y no dejaba de recordarme con amor, hoy desde acá lejos lo recuerdo con el mayor de los cariños y se que su vida de trabajo habrá mejorado, porque lo que aprendió, creo que le permitió ir hacia adelante.
Estoy convencida de que si entendemos a nuestros alumnos, podemos darles más, sin estar tan estructurados en un programa que no es el mejor para todos, ni para todos los casos.
Un beso querido alumno.
Fuente:Maestros Sin Fronteras